El zorro espantado por la luz del día se escodió en su madriguera sumido entre las penumbras y titilantes luces de la ciudad, apunto de echarse a dormir.
Sentada con un vestido rojo que le resbalaba sobre sus rodillas, dejaba al descubierto escarchados brazos y piernas.Se hizo acopio de un copa de burbujeante champan, mientras brindaba delicadamente con su copa, el caballero le miró con torpeza. Tan fácil, tan simple , a veces se aburre.
Uno tras otro caen en su red de sedosas medias, piernas de modelo, y una figura sinuosa que hasta a la fémina más heterosexual dejaría boquiabierta.
"No hace faltan pistolas con este cuerpo"-pensaba para sí, mientras agitaba suavemente la copa en el aire.
El vino se agolpaba haciendo círculos hipnotizantes, mientras sus labios carnesí se apretujaban sugerentes ligeramente mordisqueados.
Se sacó el pintalabios, le faltaba un toque de ardiente colorido. Repasó con maestría sus siluetas, y apretándolos bien dejó preparada la marcadora para su nueva res.
Una noche más,las sabanas de la habitación 304 respiraban agitadamente al calor de dos cuerpos inquietos, uno conocido y otro nuevo.
El zorro ya no estaba en su madriguera, un par de ojos oscuros se asomaban desde el otro lado de la ventanita disfrutando de un espectáculo pornográfico, una noche más...y ya tenía a su próximo dulce, víctima de su goloso apetito.
La esfera del reloj de la catedral marcaban las 6, y los tímidos rayos de luz empapaban sus agujas anunciando un nuevo día, y el pintabios fue encontrado por un mendigo, dos calles más allá, junto al cuerpo desnudo de una mujer sobre un traje de rojo gala.
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